Si tan solo fuera un sueño.

 En el dolor, la pena, el llanto y la soledad. No es ese el extraño sendero que transitamos acompañados de nada. Acompañados de nuestros pensamientos, de los sentimientos inconmensurables, esos que provienen del mismo sitio que el alma, tal vez el lugar donde todo reside, donde todo habita, de algo tan grande que toma tiempo destilarse a través de nuestra carne, de nuestros huesos y nos llenan de un espasmo sobrecogedor. Lo etéreo que se deja vislumbrar en esos momentos endebles, en esos amargos momentos de lucha. Caminamos sin cesar, como si nos hubieran prometido que seguir estoicamente nos traerá paz, que una millas mas allá hay un refugio, un refugio de la tormenta. Un refugio para el alama, un refugio de nosotros mismos.

 Las pisadas se vuelven tan profundas, como un fango denso que nos impide seguir. Los obscuros claros que acompañan a la luna al acecho de la verdad. ¿Qué es lo que quieres? ¿Me sientes? ¿Me sientes aún? Mi alma ya no tiene voz para gritar que está herida y busca desesperadamente sanar, aminorar las cargas. Me llena el olor del prado que con la lluvia soltaba el aroma que me hacia saber que estaba en casa. Dos siluetas en un pórtico, saludan, pero ya no los escucho, ya no los siento, solo veo sus borrosas formas.

 ¿Qué hay ahí? Es una bestia, se mueve el arbusto, es un conejo. Salta, estas lleno de vida, ¿Cómo sobrevives aquí afuera? No te vayas, quédate un momento, recuérdame y conéctame a este mundo, no quiero quedarme aquí, aquí donde los locos viven. Donde se embriagan de todo eso que no se puede obtener, solo desear. No, conejo, no huyas, ¿a dónde vas?

Muerte, un pozo, un pozo, que amargo sabor, me mira, el fondo, el abismo, refleja de nuevo a la luna, maldita sea, deja de seguirme. Abrázame, conejo, conejo. Susurro. Despierto. 

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